Saltar al contenido
Salvador Gascon
Volver

Cómo elegir un nombre de dominio sin volverte loco

Hace nada me pasó el bloqueo más tonto: tenía el proyecto avanzando, el repo creado… y me quedé atascado en lo más absurdo: el dominio.

El dominio parece “marketing”, pero yo lo trato como operación. Si es difícil de recordar o de escribir, cada vez que alguien intenta encontrarte o compartirte, metes fricción. Y la fricción no perdona.

Este es el marco que me monté para decidir rápido, con un poco de cabeza, y seguir construyendo.

Lo que quería conseguir con el dominio

No buscaba un nombre brillante. Buscaba uno que no estorbase.

Mi lista mental era:

Con eso ya estaba en el 80%.

Antes de buscar, decidí qué tipo de marca quería

Hace años lo hacía fatal: me ponía a comprobar si estaba libre demasiado pronto, probaba 30 nombres y acababa frustrado. Ahora ya voy con otra mentalidad y con herramientas para sacar opciones rápido sin atascarme.

Esta vez hice lo contrario: primero decidí el tipo de nombre.

Opción A — Marca “paraguas” (personal o de compañía)

La elijo cuando no tengo el nicho cerrado o cuando sé que puedo acabar lanzando varias cosas. Para mí es un nombre paraguas: puede ser mi nombre, pero también puede ser perfectamente la marca de una compañía (aunque detrás esté una sola persona).

El peaje: a corto plazo explica menos “qué hago”, pero me permite pivotar sin tener que cambiar de nombre cada trimestre.

Opción B — Marca de producto

La elijo cuando el foco está claro (por ejemplo, un SaaS B2B para operaciones tipo dock appointments / scheduling). Aquí el nombre ya forma parte de “la caja” del producto.

El peaje: si pivoto fuerte, el nombre puede quedarse torcido. Y cambiar de nombre en B2B duele más de lo que parece.

Opción C — Dominio descriptivo

Al final me decidí por esta opción. Necesitaba que el nombre hiciera una cosa muy concreta: que cualquiera entendiera el problema en 1 segundo.

En B2B de operaciones, muchas veces la web te llega por reenvío, por un pantallazo o por un “mira esto”. Ahí un dominio descriptivo me compra comprensión inmediata.

Por qué me encajó (esta vez):

El peaje:

Para reducir el riesgo de “me encierro en una micro-feature”, intenté que el descriptivo fuese de proceso (dock/yard/scheduling) y no de una especificidad demasiado estrecha.

Lo probé como lo voy a sufrir: dictándolo

La regla que más me ahorra problemas es la más cutre: lo digo en voz alta, lo dicto y veo qué pasa.

Cuando me vi diciendo “con guion”, “con doble”, “con hache”, supe que estaba comprando un futuro de explicaciones.

Hice un test rápido sin depender de nadie: lo dicté en una nota de voz y luego intenté escribirlo yo mismo sin mirarlo.

Errores que ya no me compro

He aprendido que hay decisiones que parecen pequeñas y luego te acompañan años.

Guiones

Los guiones se olvidan, se pierden al compartir y te obligan a explicar. Los evito salvo que no haya alternativa.

Números

Parecen “segunda opción” y al dictarlos se lían (“dos” vs “de”). Los descarté rápido.

Palabras con escritura ambigua

Si una palabra tiene varias escrituras plausibles, la fricción aparece en el minuto uno.

Letras repetidas al juntar palabras

Otra cosa que intento evitar es que, al pegar dos palabras, quede la misma letra seguida y el nombre se vea raro o se lea mal.

Ejemplo típico: SaaSScheduler (esas dos “s” en el medio me chirrían).

Lo soluciono de tres maneras:

Extensiones raras por “originalidad”

Me gustan .io y .dev… pero no siempre son la mejor jugada.

La extensión la elegí por contexto, no por moda

Mi orden práctico fue este:

  1. .com
  2. .es (si el foco es España)
  3. .io / .dev (si es claramente tech o portfolio)
  4. .app (si el producto es una app y quiero que vaya siempre en HTTPS)

En B2B de operaciones yo priorizo .com porque reduce fricción cuando alguien reenvía la web en un email o la dicta por teléfono.

Antes de pagar, pasé un checklist mínimo

Para no enamorarme de un nombre imposible, me obligué a revisar esto:

Una cosa que me repetí: que algo “se parezca” a otro SaaS del sector no es un halago. Es una futura confusión.

Herramientas que usé para generar opciones

Cuando me bloqueo, no intento ser creativo. Intento producir variedad.

Namelix

Namelix me funciona si le doy:

Luego juego con el tipo de nombre (porque cambia muchísimo lo que te devuelve):

Además le indico qué extensión de dominio quiero que compruebe (hay varias), para no enamorarme de un nombre que luego no existe.

Mi flujo fue: saco 30–50 nombres, me quedo con 10, y a esos 10 les paso dictado + checklist.

Dot-o-mator

Dot-o-mator me gusta por lo contrario: es mecánico.

Además trae listas propias ya preparadas, así que si voy con prisa puedo tirar de esas sin inventarme nada. Y si quiero afinar, meto mis listas y que combine.

Metí dos listas y dejé que combinara:

Me sirvió para encontrar combinaciones que yo no habría pensado y para detectar dominios libres a partir de ahí.

Estas herramientas no deciden. Solo me dan materia prima.

Compra mínima inteligente

Aquí intento no hacer el primo.

Lo que suelo comprar

No busco “blindarme”. Busco evitar ruido.

Lo que no compro

Dos checks antes de pagar

Plantilla que usé para decidir sin eternizarme

Cuando tenía finalistas, dejé de debatir y empecé a puntuar.

A cada nombre le di de 1 a 5 en:

Si había empate, ganaba el que pasaba mejor el dictado. Porque lo que más duele luego es explicar cómo se escribe.

Ganó el que sumó más. Y seguí.

Los peajes que asumí

Qué haría distinto si empezara hoy

  1. No intentaría encontrar “el nombre definitivo”. Buscaría uno que no me estorbe.
  2. Si el .com está libre y no es ridículamente caro, lo compraría.
  3. Si elijo un descriptivo, evitaría que fuese de micro-feature. Mejor proceso amplio (dock/yard/scheduling) que algo demasiado específico.

Cuándo me sirve este enfoque y cuándo no

Me sirve cuando:

Me falla cuando:

El primer paso que me funciona para salir del atasco es siempre el mismo:

Y volver al producto.


Compartir esta entrada en:

Next Post
Por qué elegí React y Typescript para un SaaS